Peor que una película de terror

Peor que una película de terror

Un análisis reciente de la revista Nature Climate Change de más de 3.000 trabajos científicos revela que existen cientos de formas distintas en las que la salud humana, la economía, la seguridad, el agua y la infraestructura se ven afectados por el calentamiento de la atmósfera y los océanos, las oleadas de calor, las lluvias e inundaciones, las sequías, los incendios, la pérdida de cobertura de la tierra y cambios en la composición química del mar, todos fenómenos relacionados con el cambio climático.

El carácter interconectado de las emergencias ambientales pasa muchas veces inadvertido. Por ejemplo, las emisiones de gases de invernadero calientan la atmósfera, lo cual puede provocar oleadas de calor y sequías, aumentando la probabilidad de los incendios, los cuales incrementan el riesgo de derrumbes, una vez comience a llover por la pérdida de bosque y vegetación.

Es así que, para el fin de siglo, se estima que algunas de las zonas y las poblaciones más vulnerables del planeta podrían verse afectadas por múltiples crisis climáticas simultáneas y, por ende, inmanejables. Los infernales incendios de California —que tuve la desdicha de vivir en persona— son una aterradora advertencia en el sentido descrito. Estos son una ocurrencia natural, igual que los terremotos, tornados y huracanes, pero son singulares por cuanto aparecen sin advertencia, se esparcen a velocidades inimaginables y pueden durar semanas o meses. Aunque no se pueden prevenir del todo, el cambio climático los ha hecho más frecuentes, intensos y largos, lo cual sugiere que catástrofes como el Camp Fire de la ciudad de Paradise —que arrastró con unas 6.500 casas y ochenta vidas humanas, produjo 700 desaparecidos y no se ha logrado controlar— solo se volverán más comunes.

Además de empeorar la calidad del aire para otros millones de afectados, incendios como estos exacerban el impacto del calentamiento global en la medida en que destruyen los bosques que absorben dióxido de carbono.

Si bien la mayoría de las películas de terror suelen resolverse favorablemente para algunos protagonistas sobrevivientes, el deterioro ambiental ha sido más rápido y feroz de lo que la ciencia ha imaginado —en su informe especial del mes pasado, el Panel Intergubernamental de Cambio Climático, que reúne a noventa investigadores de cuarenta países, advierte que la tendencia del calentamiento global no da indicios de ceder y que la línea roja de 1,5 °C se puede cruzar en 2030—, y las reacciones, más lentas y menos audaces de lo exige la magnitud de la crisis del ecosistema. A diferencia de la guerra, el terrorismo, las crisis financieras u otros problemas que han afectado el curso de las relaciones mundiales, el daño físico que los seres humanos hemos ocasionado al planeta no solo no es pasajero sino que ha tenido efectos negativos en cada faceta de la actividad humana, por no hablar de nuestros acompañantes no humanos, que se han visto extinguidos en un 60 % desde 1970.

Entre los Trump, Putin y Bolsonaro del mundo no es fácil ser optimista acerca del futuro ecológico. No obstante, la aparición y el crecimiento de nuevas formas de activismo en los gobiernos locales (como California) y de las comunidades (incluyendo los jóvenes) ofrece un norte aliciente.

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